lunes, 31 de octubre de 2011

Derecho de pernada

El derecho de pernada, en latín "ius primae noctis", es un derecho feudal que estableciá la potestad señorial de tener relaciones sexuales con toda doncella, sierva de su feudo, recien casada con otro siervo suyo. Este presunto derecho  podía ser algo simbólico o bien una auténtica agresión sexual y moral. En la Edad Media existía la costumbre (no reconocida) de violar a mujeres de estamentos inferiores. Estaríamos hablando de un acto de dominación machista, social y criminal.

Los siervos, al menos al principio, lo admitían como un mal necesario, amparado por una tradición. Por tanto, no solo se trata de una violación, sino que iba acompañada de una coacción mucho más profunda:

  1. Debe tenerse en cuenta el "servilismo" de algunos campesinos, esposos o padres de las afectadas, con ánimo de lucro, puesto que le estaba prestando un "servicio" actuando como un verdadero proxeneta para su señor.
  2. El señor feudal desea hacer patente su condición de superioridad, haciendo ver que, antes que esposa o hija, la mujer es sierva y que, antes de obedecer al padre o al marido, debe sumisión a su señor.
  3. En tercer lugar está la indefensión de los afectados que, a menudo, no consentían, pero carecían de medios para defenderse frente a la ira señorial. El señor podía considerar una negativa como un acto de rebeldía frente a su autoridad y su poder sobre sus siervos.
  4. La mujer solía sentirse culpable de su deshonra y tenía miedo de denunciarla.
La institución del matrimonio canónico entre siervos feudales fue reconocida bastante tarde, hacia el siglo XII. Hasta entonces era un privilegio de los señores (los matrimonios de los campesinos eran más bien civiles). Cuando la Iglesia reconoce que el matrimonio entre los aldeanos es bendecido por Dios, es la mujer la que se beneficia más, al ser casi el único ceremonial en el que actúa como una igual.

A partir de este reconocimiento del matrimonio canónico para los siervos feudales, las cosas comienzan a cambiar. Los abusos señoriales van perdiendo la aceptación social, los campesinos toman conciencia de su dignidad personal y de que ésta no es patrimonio de la nobleza. Por eso, este abuso sexual, comienza a considerarse una afrenta muy grave y desemboca en revueltas populares contra el señor.


Algunos campesinos se atreven a denunciar e, incluso, a exigir reparaciones.Al romper la ley del silencio, al enfrentarse al problema abiertamente, el campesino traspasa los límites del encubrimiento, obteniendo así la mejor arma para acabar con el abuso del noble.

Pan de res o de centeno.

Cuando nada sobraba, excepto el hambre ¿Cómo celebrar la Navidad si casi no se podía comer? pues con un pan de res.

Ingredientes.



  • 2 kg de harina de res (la harina que sobra de moler las espigas encarnadas) o de millo..
  • 500 g de harina de centeno o de trigo.
  • Aguia tíbia.
  • 1 pizca de canela.
  • Anises molidos.
  • Higos y uvas pasas.
  • Nueces picadas.
  • 1 pellizco de sal.
  • Azúcar al gusto.



Elaboración.


El fermento:


Lo primero de todo (y lo más necesario) es el fermento


  1. Se mezcla 1/5 kg de harina de res con 150 g de levadura fresca, 1 pizca de sal y un chorro de vinagre.
  2. Amasar la mezcla con agua tíbia (la que admita).
  3. Hacer una bola de masa y guarda bien tapada en un lugar fresco y seco. 
  4. Separar un poco de esta masa que se utilizará como fermento para otra ocasión.
El pan:

  1. En un bol grande verter el resto de harina de res o de millo (es la misma clase de harina).
  2. Echar una pizca de sal y verter el agua poco a poco mientras vamos amasando.
  3. Añadir el fermento y ir echando el centeno (o el trigo) poco a poco.
  4. Verter los anises molidos, las nueces picadas, el azúcar, la canela, las uvas pasas y los higos.
  5. Amasar bien hasta que se pueda trabajar la masa sin que esta se pegue demasiado a las manos.
  6. Espolvorear un poco de harina sobre la masa.
  7. Dibuja con las manos una cruz sobre la masa, pues el pan era considerado sagrado y había que bendecirlo.
  8. Tapar el bol con un paño, ponerlo en un lugar caliente y dejar que la masa crezca.
  9. Cuando la masa ha doblado su volumen, es hora de tenderla.
  10. Hacer unas cuantas bolas del tamaño que deseemos.
  11. Tenderlas sobre hojas de verdura o caña y emplastarlas hasta que queden como una torta de 3 dedos de alto.
  12. Espolvorear las tortas con harina.
  13. Volver a dibujar unas cruces con las manos y hornear.
Antiguamente, este pan se cocía debajo del rescoldo de la hoguera (o la lar). cubierto por unas hojas de verdura para protegerlo un poco.




Filloas de sangre (Crepes de sangre)

Ingredientes:



  • 1/5 l de leche.
  • 1 vaso de sangre de cerdo.
  • 250 g de harina.
  • Ralladura de 1 limón.
  • 4 huevos.
  • 2 cucharadas de miel (o azúcar).
  • 1 cucharadita de canela molida.
  • 1 pizca de sal.
  • 1 pellizco de pimienta molida.
  • 1 trozo de tocino o de manteca de cerdo.



Elaboración:



  1. En un bol verter los huevos y batirlos bien.
  2. Añadir la leche, la sal, la ralladura de limón, la pimienta y la canela. Mezclarlo todo muy bien.
  3. Incorporar la harina poco a poco, y una vez esté la mezcla bien hecha y sin grumos, se añade la sangre.
  4. Ponemos una sartén para crepes (o una normal de tamaño parecido) al fuego y restregar el trozo de tocino o manteca pinchado en un tenedor.
  5. Con un cucharón, vamos echando las filloas y cociéndolas por un lado y por el otro, dándole la vuelta con una espátula o una cuchara de madera.
  6. Ir sacando las filloas y ponerlas sobre un plato, envolviéndolas en papel de cocina (para que absorba la grasa).
  7. Doblar las filloas y ponerlas sobre una fuente.
  8. Espolvorear con un poco de azúcar y servir.


Helado de pistachos

Ingredientes:



  • 100 g de pistachos.
  • 1 litro de leche.
  • 4 yemas de huevo.
  • 250 g de azúcar o miel.



Elaboración:


  1. Poner la leche al fuego hasta que comience a hervir y reservar.
  2. Pelar los pistachos y molerlos en el mortero, mezclarlos con la leche hervida y reservar.
  3. En un bol, poner las 4 yemas y el azúcar (o la miel) y batir al punto de nieve.
  4. Añadir la leche con los pistachos y mezclar con una espátula o una cuchara de madera.
  5. Poner la mezcla al fuego hasta que comience a hervir, removiéndola de manera continuada.
  6. Pasar la crema por el tamiz, dejar enfríar e introducir en el congelador

miércoles, 26 de octubre de 2011

Panellets



Ingredientes

  • 400 gr de almendras peladas y rayadas.
  • 300 gr de azúcar o miel.
  • 200 gr de patata.
  • Rayadura de 1 limón.
  • 1 cucharada de cacao en polvo.
  • 100 gr de coco rayado.
  • 200 gr de piñones.
  • 200 gr de almendras picadas.

Elaboración

  1. Seleccionar una patata que no sea nueva (no debe ser acuosa) y lavarla bien.
  2. Hornear la patata sin pelar o meterla en el microondas durante 3 o 4 minutos.
  3. Pelar la patata mientras esté caliente y pasarla por el pasa purés o chafarla bien con un tenedor.
  4. Mezclarla con los 400 gr de almendra rayada, el azúcar y la rayadura de limón.
  5. Amasar con las manos muy limpias.
  6. Formar un cilindro con la masa.
  7. Envolverla en celofán y guardarla en el frigorífico entre 6 y 10 horas.
  8. Una vez enfriada, cortar la masa en trozos pequeños y redondearlos.
  9. En un cuenco se añade un poco de cacao en polvo.
  10. Se escojen unas cuantas bolitas de masa y se rebozan en el cacao.
  11. Poner las bolas rebozadas en una bandeja de horno, sobre papel vegetal.
  12. En otro cuenco se echa el coco rayado y se repite el mismo procedimiento.
  13. Una vez formados todos los panellets, se hornean con el horno precalentado a 200º.
  14. Esperar a que se doren un poco y apagar el horno, dejar enfríar los panellets dentro de él.

Halloween

Halloween o Noche de Brujas es una festividad que tiene su orígen en la festividad celta de Samhain. Los antiguos celtas creían que la línea que une a este mundo con el Otro Mundo se estrechaba con la llegada del Samhain, permitiendo a los espíritus (tanto benévolos como malévolos) pasar a través de ella. Los ancestros familiares eran invitados y homenajeados mientras que los espíritus malignos eran alejados.

El uso de trajes y máscaras se debía a la necesidad de ahuyentar a los espíritus malignos. Su propósito era adoptar la apariencia de un espíritu maléfico para evitar ser dañado. En algunas tribus celtas los espíritus fueron suplantados por hombres jóvenes vestidos de blanco con máscaras o la cara pintada de negro.

También era un momento para hacer balance de los suministros de alimentos y ganado, para prepararse para el invierno. Las hogueras desempeñaron un papel importante en esta festividad; todos los fuegos se apagaban y, en cada hogar, se encendía una hoguera en la chimenea. Los huesos de los animales sacrificados se lanzaban a la hoguera.

Otra práctica común era la adivinación que, a menudo, implicaba el consumo de alimentos y bebidas.




jueves, 20 de octubre de 2011

Codornices en pétalos de rosas

Ingredientes:



  • 6 codornices sin vísceras.
  • Una pizca de sal.
  • Una pizca de pimienta.
  • 2 cucharadas de manteca.
  • 12 rosas rojas.
  • 2 cucharadas de anís.
  • 12 castañas pilongas.
  • 1 pitahaya molida.
  • 2 ajos picados.
  • 2 cucharadas de miel.
  • 2 gotas de esencia de rosas.
  • 2 cucharadas de fécula de maíz.

Elaboración.

  • Atar las patas de la codorniz para que no pierda la forma.
  • Sazonar con sal y pimienta y dorar en manteca.
  • Moler los pétalos de las rosas junto con el anís y reservar.
  • Cocer y moler las castañas.
  • Dorar los ajos con manteca.
  • Una vez se han dorado los ajos, añadir las castañas molidas, la pitahaya, la miel, los pétalos y un poco de sal.
  • Tamizar la mezcla anterior y añadir 2 gotas de esencia de rosas. Sazonar a fuego lento.
  • Sumergir las codornices durante 10 minutos en la salsa hasta impregnar el sabor.
  • Colocar las codornices en una bandeja, bañar en salsa.
  • Decorar la bandeja con pétalos de rosas y fécula y servir.

jueves, 13 de octubre de 2011

Medición del tiempo

El tiempo tenía para el hombre medieval dos referentes: el Sol y las campanas de la Iglesia. 

Las relaciones existentes entre el cómputo de la Pascua y el ciclo lunar y entre la Navidad y el solsticio de invierno, los dos hitos del calendario cristiano evidenciaron el papel de la Iglesia en la visión del tiempo entre los europeos.

Los tiempos litúrgicos se acomodaron a las grandes divisiones del año, las estaciones. Al inicio del invierno, el Adviento anunciaba el nacimiento de Cristo. Tras él, al comenzar la estación y terminar el año, las fiestas navideñas (Natividad, Circuncisión, Epifanía), estaban seguidas por un tiempo de purificación (de animales: san Antón, 17 de enero; de personas: la Candelaria, 2 de febrero; de conciencias: Cuaresma, recuerdo de los cuarenta días de ayuno de Cristo en el desierto).
Con la primavera, llegaba la Pascua (domingo después del primer plenilunio de la estación), la Ascensión y el Pentecostés. Y con el verano, la festividad de san Juan (24 de junio), en pleno solsticio estival, recubriendo ritos cristianos del agua y el fuego, y, tras él, la Asunción de la Virgen (15 de agosto), la gran fiesta de la fertilidad de las cosechas. La llegada del otoño, con la rendición de cuentas y rentas, se puso bajo el título de dos santos mediadores: Mateo, el recaudador (21 de septiembre) y Miguel, el arcángel encargado de pesar las almas (29 de septiembre). Por fin, el año cristiano, pero también el de la actividad agrícola, ganadera y pesquera, concluía en torno a Todos los Santos (1 de noviembre), la conmemoración de los fieles difuntos (día 2), heredados de la tradición celta, y San Martín (11 de noviembre).


El ritmo semanal, resultado de dividir en siete el mes lunar de veintiocho días, estaba ya en la tradición caldea, pero fue el relato bíblico de la creación el que consagró seis días de trabajo y uno de descanso, en que está prohibido todo trabajo, incluso el viaje, si no es por motivo grave. Así 52 domingos al año y otras tantas fiestas, numerosas sobre todo en mayo y diciembre, constituían los días de guardar, con obligación de oír misa y evitar obras serviles.
De esta forma, por cristianización de tradiciones previas o imposición de otras nuevas, la Iglesia se convirtió en la gran dominadora del tiempo en la sociedad europea. Incluso, dentro del día, el ritmo de las horas se inspiraba en el de las previstas en las reglas monásticas y las campanadas de los templos se encargaban de recordarlas.

A lo largo del siglo XIV el ritmo de vida cotidiana en las principales ciudades de occidente experimentará una profunda modificación. El tiempo, como bien divino que venía medido por la sucesión de campanas que anunciaban las horas canónicas, deja de ser elástico y gratuito para convertirse en un elemento mesurable y apreciable. Los negociantes medievales descubrieron que la medida del tiempo era importante para la buena marcha de los negocios, pues la duración de un viaje, las alzas y bajas coyunturales de los precios o el periodo invertido por un artesano en la elaboración de un producto eran factores temporales que intervenían al final en los resultados económicos; es decir, se descubrió que el tiempo tenía su precio, por lo que era necesario controlar y medir su discurrir.

Tal como se ha mencionado anteriormente, hasta finales del siglo XIII la sociedad vivía sujeta a ritmos temporales marcados por el calendario agrícola, que estaba reafirmado por el calendario litúrgico, ambos tan inestables que el segundo dependía de un centro móvil, la conmemoración de la Pascua, fijado cada año en función del primer plenilunio después del solsticio de invierno.

En cuanto a lo que podemos llamar tiempo cotidiano la verdad es que el hombre europeo lo vivía sin preocupaciones por la precisión y sin demasiadas inquietudes por su rendimiento; el único sistema de referencia era el señalado por las horas canónicas que dividía el día en períodos, distribuidos por igual entre el día y la noche, registrado por medio de campanas: maitines (medianoche), laudes, prima, tercia, sexta (mediodía), nona, vísperas y completas; pero ni siquiera esto podía controlarse, porque los toques de prima y completas se hacían coincidir siempre, en cualquier época del año, con el alba y el crepúsculo, y a partir de ellos se computaban el resto de toques, con lo cual sólo en los equinoccios se conseguía, aproximadamente, delimitar fracciones temporales homogéneas. Técnicamente, los relojes de agua, arena y sol constituían los únicos medios objetivos para medir el tiempo, pero eran tan rudimentarios y sujetos a circunstancias tan imponderables que no pueden tomarse en consideración.
No obstante antes del siglo XIII se había producido en algunos lugares una alteración en el control de ese tiempo cotidiano consistente en el desplazamiento de la nona, que desde su localización ideal en torno a las tres de la tarde había avanzado al mediodía; esta pequeña variación que no fue objeto de ningún tipo de interpretación n comentario por los contemporáneos ha sido explicada, finalmente, por Le Goff como debida a la necesidad de subdividir el tiempo de trabajo de forma más racional: la nueva situación de la hora nona permitía la división de la jornada de trabajo de sol a sol, en dos medias jornadas equivalente en cualquier época de año.

Se trata, posiblemente, del primer intento de intervenir en la ordenación del tiempo de todos por parte de la minoría dirigente. Sin embargo, aún pasarán varios decenios hasta que se consigan los medios técnicos necesarios para llegar a controlar la división del día en 24 horas invariables y hacer público y notorio el paso del tiempo. El afán de alcanzar las horas ciertas reflejadas en un reloj civil, a las que se refieren en 1335 los burgueses de Aire-sur-la-Lys, pequeña ciudad gobernada por el gremio de pañeros, a imagen y semejanza de lo que habían logrado unos años antes los de Gante y Amiens, se convierte en una lucha social que de manera imparable, y sin apenas resistencia, impondrá un nuevo género de vida a la sociedad urbana europea, comenzando por las áreas más industrializadas de Flandes, Italia y el norte de Francia, y que cien años después conduce a que rara era la ciudad o lugar de Europa que no contaba con uno o varios relojes para controlar el tiempo de sus habitantes.
Los primeros relojes no tenían ninguna precisión, se estropeaban con gran facilidad y dependían de un encargado que lo controlase, diese las campanadas y, en muchas ocasiones, lo ajustase tomando como referencia el viejo reloj de sol, el alba o el ocaso. Lo más importante es lo que significaron, pues su propagación representa la muerte del tiempo medieval, un tiempo que A. Gurievich califica de prolongado, lento y épico.

El nuevo tiempo ya no es divino y propiedad exclusiva de Dios, sino que pasa a pertenecer al hombre, a cada uno de los hombres, y se tiene el deber de administrarlo y utilizarlo con sabiduría, pero que puede también comprarse y venderse. Se convierte en herramienta de primer orden para el humanista, cuya virtud principal, la templanza, tendrá el atributo iconográfico del reloj.

Podemos decir que se produce la aparición de un carácter laico en el tiempo, en buena medida debido a los relojes. La utilización de sistemas de medición del tiempo en las ciudades será fundamental para el desarrollo de las diversas actividades, siendo tremendamente importante la difusión de relojes a través de pesas y campanas que serían instalados en las torres de los ayuntamientos. Los relojes municipales aportaban una mayor dosis de laicismo a la vida al abandonar la medición a través de las horas canónicas. Era una manera de "rebelión" por parte de la burguesía que se vería reforzada con la aparición, posteriormente, de los relojes de pared.

domingo, 9 de octubre de 2011

Un libro que me hizo abrir los ojos...

Hoy, mientras hacía sitio en mis estanterías repletas de libros, he encontrado un libro que en su tiempo me llamó mucho la atención. Me ha parecido importante nombrar este libro aquí porque, con poco más de 10 años, me hizo abrir los ojos a un mundo que aún no comprendía, a un mundo que iba más allá de mis muñecas, mis juegos, mis cuentos y la gente que me rodeaba y me sigue rodeando... Un libro, un simple libro, que ha recorrido el mundo haciendo eco de las injusticias humanas, de las discriminaciones, violaciones e injurias que reciben miles de millones de personas... Un libro que habla de guerra, de represión, de asesinatos, de valentía, de coraje, de resistencia... Algo que le podía costar la vida a su autora, una joven afgana que escribe bajo el pseudonimo de Latifa, pero que aún así se decidió a hacerlo... por ella y por las otras miles de personas que se encontraban y encuentran en su situación. Este libro se llama CARA ROBADA. 









Latifa nace en 1980 durante la invasión de Afganistán por parte del ejército de la Unión Soviética. Hija de un comerciante y una doctora, tiene 2 hermanas y 2 hermanos mayores que ella. Vive en un piso de Microrayán, un barrio rico de Kabul. La vida en esa época era próspera y las mujeres eran libres, con los mismos derechos que los hombres. En 1989 el ejército de la resistencia Afgana junto con la comunidad internacional, consigue echar a los Soviéticos del país, pero lejos de ir a mejor, la guerra civil asola el país hasta 1996 con la llegada de los Talibán. És aquí cuando empieza el verdadero calvario de esta chica y de todos los hombres y mujeres afganas (sobretodo las mujeres). A los hombres se les obliga a dejar crecer su barba, a las mujeres se les prohibe salir de casa sin un hombre, no se pueden maquillar, deben ir completamente tapadas con la burka, no pueden asistir al colegio ni recibir atención médica, no pueden hablar en alto, no pueden llevar ropa ajustada ni zapatos de tacón, no pueden trabajar ni vivir solas, no pueden tener propiedades ni heredar, los talibanes prohiben escuchar musica, la televisión, los vídeos, los juegos para los niños (especialmente prohiben jugar con la cometa), queda prohibido vender ropa femenina (también la ropa interior), una mujer y un hombre no pueden hablarse en público a no ser que sean esposos, o parientes cercanos (si lo hacen los obligan a casarse), la población es maltratada y apaleada, aumentan los secuestros de niños, se ensañan con violencia contra la población.

En 2001 la revista Elle hace eco de su voz y la Unión Europea la invita a contar su historia en el Parlamento de Estrasburgo, desde ese instante su vida, así como la de su família, empieza a correr grave peligro y se ven obligados a huir de Afganistán.