miércoles, 30 de septiembre de 2015

El Camino de Santiago

Una noche, un monje llamado Pelagio observó una luminosidad en un desolado paraje del obispado de Irina-Flavia, actual Padrón. El monje comunicó su visión a su superior, el obispo Teodomiro, descubriéndose en el lugar indicado una cueva en cuyo interior apareció un arca de mármol que contenía los restos del Apóstol Santiago, el primer evangelizador de la Península Ibérica cuyos restos mortales trasladaron, desde Jerusalén hasta la Península, sus discípulos Atanasio y Teodoro.

Este descubrimiento se realizó el 25 de julio del año 814 y el monarca asturiano, Alfonso II, se trasladó en peregrinación al lugar, ordenando edificar una pequeña basílica llamada de Antealtares y un monasterio benedictino. El pequeño burgo comenzó a crecer hasta convertirse en Compostela, derivado (según la tradición medieval) de Campus Stellae, en alusión a las luces que permitieron el descubrimiento. El 6 de mayo del año 899, se consagró una basílica aún mayor que la anterior, cuya construcción fue ordenada por el rey Alfonso III de Astúrias.

El descubrimiento de las reliquias del apóstol pronto se extendió por Europa, donde el culto a las reliquias se estaba convirtiendo en una obsesión al igual que la necesidad de encontrar un aglutinante que sirviera para expulsar todos los males del continente, en especial el Islam. No en balde, los reyes cristianos rogaban al apóstol que "colaborara" en numerosas ocasiones y sus ejércitos combatieron valerosos al grito de "Santiago y cierra España".

Las primeras peregrinaciones se realizaron entre los fieles de los reinos peninsulares. Durante el Siglo X, Sancho el Mayor (rey de Navarra) realizó una serie de mejoras en la ruta que enlazaba su reino con Santiago, con el objeto de dotar de mayor seguridad a los peregrinos. Esa etapa de seguridad finalizó con las temibles Ratzias de Almanzor, quien llegó a alcanzar la capital compostelana y se llevó las campanas de la catedral hasta Córdoba a hombros de cautivos cristianos.

En el siglo X aparecen registrados los primeros peregrinos franceses. Entonces, ya se podía hablar de un verdadero Camino de Santiago, constituido por el llamado Camino Francés. Dos accesos procedentes de Canfranc y Roncesvalles se unen en Puente de la Reina, que debe su nombre al puente construido para que los peregrinos cruzaran el río Arqa. Desde ésta villa, un solo camino avanza cruzando el norte de la Península Ibérica hasta su etapa final, en Finisterre.

En el año 951, Gotescalco, Obispo de Puy, aparece recogido en un manuscrito redactado por el monje Gómez de la Abadía de San Martín de Albelda. Es el primer testimonio de una peregrinación procedente de Francia, pero será en el siglo XI cuando se produzca el mayor auge de las peregrinaciones jacobeas, procedentes de todo el mundo conocido. El éxito de las peregrinaciones se ubica en numerosas hospederías, hospitales, monasterios y abadías que pone en marcha la Orden de Cluny, dotando de mayores comodidades al peregrino. Otro de los grandes promotores de las peregrinaciones fue el obispo compostelano, Don Diego Gelmírez, quien consiguió que, en el año 1905, el Papa Urbano II trasladara la sede episcopal desde Irina-Flavia a Compostela, con categoría de Sede Apostólica al igual que Roma. Gelmírez también fue el promotor de la construcción de la actual catedral. Compostela, Roma y Jerusalén se convirtieron en los tres centros más importantes de peregrinación cristiana.

La inseguridad continuaba siendo uno de los principales problemas del Camino de Santiago, por lo que durante el año 1170, en Cáceres, se fundó la Orden Militar de Santiago cuyo objetivo fue la defensa de los peregrinos de los numerosos peligros que les acechaban en las rutas, especialmente los bandoleros. 

Los peregrinos de una misma comarca o región solían partir en grupo para poder defenderse mejor de los peligros, realizando el viaje en una época en la que la climatología era más favorable. Antes de iniciar la peregrinación, confiaban sus bienes a un monasterio, cuyo abad les entregaba el bordón, la calabaza (para almacenar el agua), el rosario y la escarcela. El viaje duraba el tiempo que el peregrino deseara. Para fomentar las peregrinaciones, los peregrinos estaban exentos de pagar peajes, portazgos, pontazgos y cubiertos de la rapacidad de alcaldes, señores, mesoneros y ladrones. El peregrino era muy respetado y protegido tanto por la sociedad como por las autoridades.

El papel desempeñado por el Camino de Santiago fue fundamental para los reinos españoles y para Europa, ayudando a producir un fluido intercambio cultural, espiritual, económico, artístico, político e institucional entre las diferentes zonas por las que transita el Camino. Tanto el arte románico como el gótico penetraron en la Península Ibérica a través del Camino de Santiago. Incluso los inmigrantes procedentes de Europa que se asentaban en España, denominados Francos, llegaban a través del Camino.

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La vivienda en la Edad Media

Las condiciones materiales de existencia para los hombres y las mujeres medievales eran bastante precarias a causa de su dependencia del medio natural. No obstante, estas condiciones variaban según el estatus social de los individuos.

Las casas desempeñaban diversas funciones: eran un refugio ante las inclemencias naturales, eran la residencia familiar y el centro de las actividades productivas. En el caso de las familias campesinas, también formaban parte de la vivienda el granero y el establo, mientras que en las ciudades, la casa de los artesanos también incluía el taller. La lar era uno de los elementos fundamentales de la casa, ya que representaba el hogar y la unidad de percepción fiscal. Los documentos de la época hacían referencia a fuegos, por lo que los estudios demográficos diferían a la hora de aplicar el número de personas que habitaba ese fuego.

Las viviendas humildes eran muy sencillas y constaban de un gran espacio donde se vivía, se trabajaba, se comía y se dormía. Las casas se solían construir con madera aunque también podían incluir ladrillo, adobe o piedra. En las ciudades habían casas que tenían dos pisos, estando la planta baja destinada al taller o a la zona de cocinas, donde también se comía. Al fondo de la planta baja había un patio y un pozo. La segunda planta era la zona de habitaciones, comunicada con la planta baja por una escalera. Sobre éste primer piso se encontraba el granero y, en el subsuelo, la bodega. Las casas que poseían los suelos embaldosados, letrinas o cristales que cerraban las ventanas indicaban el progreso económico y social de los habitantes que vivían en ellas.

Otro tipo de viviendas urbanas eran los corrales castellanos donde la gente de condición modesta edificaban sus casas alrededor de un patio, donde se encontraba el pozo comunitario. Las viviendas eran muy pequeñas y las letrinas eran de uso comunitario.

Las limitaciones de la época también caracterizaban el mobiliario medieval. La cama, la mesa, los asientos o bancos y las arcas eran los muebles más básicos de una casa. El mueble más importante era la cama, generalmente, de gran tamaño ya que la familia solía dormir conjuntamente. Las familias más pobres empleaban bancos o tablas sobre los que colocaban las mantas para dormir. En las casas nobles, la cama era una estructura estable que se adornaba con un dosel. Los colchones de los humildes solían estar elaborados con paja, mientras que los de las clases más pudientes se elaboraban con plumas. La ropa de cama también variaba en función de la condición social.

Los enseres de la familia se guardaban en arcas, desde ropa a utensilios, alimentos o (en el caso de las clases más pudientes) escasos libros. Las arcas llevaban a cabo la función de los actuales armarios  y también eran empleadas como asientos. Dentro de las casas también se podían encontrar braseros, candiles, alfombras, esteras, espejos, cubas, jarras, tinajas, etc.

 

Violencia y muerte en la Edad Media

La sociedad medieval vivía inmersa en la violencia. Aún se encontraban presentes en la memoria colectiva las invasiones germánicas cuando el Islam azotó algunas de las zonas de Europa, especialmente la Península Ibérica.

Por aquel entonces también existían los bandidos -también conocidos como baguadas- que asolaban las cosechas, mataban a los campesinos y peregrinos y violaban a las mujeres. Si éstos bandidos caían en manos de las tropas reales, eran condenados a muerte o a la esclavitud, pero su presencia motivaba una gran angustia e inquietud en la sociedad de la época. Estos frecuentes ataques provocaron que la población buscara protección, algunos en granjas fortificadas, aldeas protegidas por murallas, en pueblos y ciudades amurallados o en el castillo del señor feudal.

Los incendios provocados eran otra muestra de la violencia cotidiana de la sociedad, atacando a la comunidad. No resultaba difícil incendiar las casas o los graneros de los más pobres, pues éstos se elaboraban con paja y madera. Los señores feudales imponían fuertes multas a los causantes de éstos incidentes, obligando a pagar indemnizaciones a los familiares de los fallecidos y a los heridos. El pirómano, según la ley Goda, podía ser condenado al destierro, a trabajos forzados en las minas o a muerte, dependiendo de su condición social.

Los incendios no sólo afectaban a hogares aislados sino, también, a ciudades enteras, como fue el caso de Bourges, París, Orleans o Tours. Los cristianos afirmaban que las causas de estos sucesos eran las vidas licenciosas de los habitantes, por lo que recomendaban buscar refugio bajo el signo de la Cruz pintado en el dintel de las casas o las reliquias de algún santo o mártir.

Según se puede constatar en los escritos literarios de la época, la violencia era algo muy común y afectaba tanto a laicos como a religiosos. Se conoce, por ejemplo, el caso de las monjas del Monasterio de la Santa Cruz de Poitiers que apalearon a su propia abadesa y al obispo. También se conoce el caso de un obispo de Le Mans que ordenó castrar a sus clérigos, pues estaba muy descontento con sus actitudes licenciosas.

Para evitar el derramamiento innecesario de sangre, la Ley Sálica establece castigos monetarios: tres puñetazos se multan con 9 sueldos; una mano amputada, un pie amputado, un ojo arrancado o una oreja cortada son 100 sueldos de multa, que se rebajan si el miembro aún se encuentra colgando de la piel. 

Si el miembro amputado era el dedo índice, la multa era de 35 sueldos, mientras que si el dedo seccionado era el meñique, la multa se establecía en 15 sueldos. La razón era que el dedo índice servía para tensar el arco, instrumento fundamental para la defensa y la caza. 

Así pues se puede determinar que, en una sociedad tan violenta, la venganza estaba al orden del día. Cuando se llevaba a cabo un homicidio, la familia de la víctima debe vengar su muerte, ya fuera en la persona del culpable o de algún miembro de su familia.

Era frecuente que las víctimas de la venganza fueran expuestas públicamente, para exhibir que la obligación de venganza había sido cumplida. Para solucionar  este tipo de venganzas, la reina Brunegilda, empleó un sistema bastante reprochable: hizo que sus sicarios mataran a hachazos a los miembros de dos familias (después de emborracharlos) que se estaban disputando una venganza. No obstante, existían métodos menos violentos para detener las venganzas.

Si la familia de la víctima exigía el pago de una determinada cantidad de oro y el asesino aceptaba pagar, se detenía la venganza. Sin embargo, en numerosas ocasiones, el temor a ser considerado cobarde era bastante pesado y la venganza seguía su curso. Otra muestra de la violencia medieval eran las injurias y los insultos.

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lunes, 28 de septiembre de 2015

Brunegilda de Toledo. Reina consorte de Austrasia.

Brunegilda (Toledo, 543 d.C - Renève, 613 d. C) fue una princesa visigoda como hija del Rey Atanagildo y de Gosuinda. Por matrimonio, llegó a ser reina de Austrasia.

Participó en los conflictos y guerras contra Neustria, causados por el asesinato de su hermano Galswinta, y fue reina regente de Austrasia y Borgoña.

Vida y reinado.


Brunegilda tenía 11 años cuando su padre, Atanagildo, fue elegido Rey de los Visigodos de Hispania. Fue la menor de las dos hijas del matrimonio real.

Como princesa fue educada en la corte real de Toledo, capital del reino visigodo,  que gozaba de cierto prestigio en la época, y profesaba el Arrianismo.

Las difíciles relaciones políticas entre francos y visigodos mejoraron al rededor del año 565 d. C. y Sigeberto I, rey de Austrasia, solicitó a Brunegilda en matrimonio. Entonces, Sigeberto I contaba con 30 años y ella con 22.

Este matrimonio beneficiaba los intereses de ambos reinos. Al visigodo Atanagildo lo libraba de los problemas con los francos y le permitía concentrar sus luchas contra bizantinos y suevos, y al merovingio Sigeberto I lo reforzaba en los conflictos con sus hermanos, pues Sigeberto I era uno de los cuatro hijos de Clotario I, cuyo reino había sido dividido después de su muerte.

Brunegilda aceptó cambiar su fe arriana por la fe católica y, aportando una buena dote, celebró su matrimonio en la ciudad de Metz -capital del Reino de Austrasia- en el año 566 d. C.

Un cronista de la época merovingia, el obispo Gregorio de Tours, escribió sobre ella: "Era una joven de modales elegantes, de hermosa figura, honesta y decente en sus costumbres, de buen consejo y agradable conversación".

Con su incorporación a la dinastía merovingia comenzó, para la ahora reina Brunegilda, una vida complicada, repleta de conspiraciones y con un trágico final.

La primera víctima


Al año siguiente, se celebró el matrimonio de la hermana de Brunegilda, Galswinta, con el hermano de Sigeberto I, Chilperico I, rey de Neustria, aportando también ella una generosa dote.

El rey ya estaba casado con Audovera, con quien había tenido cuatro hijos, pero consiguió anular so matrimonio para esposar a Galswinta. Sin embargo, no abandonó a su amante Fredegunda. El matrimonio fracasó rápidamente debido a la actitud de Chilperico I, quien se negó a abandonar su vida licenciosa.

Entonces, Galswinta quiso regresar a la corte visigoda pero ese mismo año falleció su padre Atanagildo, debilitando aún más su posición política, lo que resultó en su asesinato atribuido a Fredegunda, la amante de Chilperico. Pocos meses después, Chilperico I contrajo matrimonio con Fredegunda.

El asesinato de su hermana provocó en Brunegilda un profundo rencor hacia ambos. Exigió a Chilperico I la devolución de la dote de su hermana, pero el rey de Neustria se negó a hacerlo.

Sigeberto I apeló a su otro hermano, Gontrán I de Borgoña, para que mediara en el conflicto. Gontran reunió a un consejo de nobles y se resolvió entregar a Brunegilda, como compensación,  las ciudades de Burdeos, Limoges, Cahors, Bearn y Bigorra, que había recibido Galswinta como regalo de bodas. Pero el problema no se resolvió. Chilperico I aceptó, de mala gana, la devolución de las ciudades y Brunegilda nuna olvidó el asesinato de su hermana.

La guerra fraticida.


Entre los años 567 y 570, nacieron los tres hijos de Sigeberto I y Brunegilda:

  • Ingunda, reina consorte de Hispania.
  • Clodosvinta.
  • Childeberto II, Rey de Austrasia.
Las rencillas entre Sigeberto I y su hermano Chilperico I continuaron, esta vez, atizadas por ambas reinas consortes, Brunegilda y Fredegunda. El entonces obispo de París, San Germán, intentó apaciguar el conflicto y escribió una carta a Brunegilda solicitándole su mediación, sin conseguirlo.

En el año 575, Chilperico I intentó recuperar las cinco ciudades por la fuerza y, en la lucha, murió su hijo  Teodoberto. Sigeberto I comenzó la ocupación de Neustria pero, en un acto de audacia y astucia, Fredegunda envió a dos sicarios que lo asesinaron justo cuando estaba a punto de obtener una completa victoria. Gracias a ello, Chilperico I pudo recuperarse de la desesperada situación en la que se encontraba e, incluso, reclamar la posesión del Reino de Austrasia.

Brunegilda, ahora viuda, se encontraba con sus hijos en París -capital del Reino de Neustria- y fueron hechos prisioneros por Chilperico I, pero Brunegilda logró hacer escapar a su hijo menor, Childeberto, y reclamó el trono de Austrasia para él y la regencia para ella.

La nobleza de Austrasia reconoció los derechos de su hijo, como heredero legítimo del reino, pero no la aceptaron como regente nombrando, en este cargo, a su cuñado Gontrán de Borgoña. Como represalia, Chilperico I, la separó de sus hijas y la encerró en un convento de Ruan.

En un acto insólito, uno de los hijos de Chilperico I y Audovera, Meroveo II, que había participado en la huída del niño, se presentó en Ruan y contrajo matrimonio con Brunegilda.

El joven príncipe contaba con 19 años y ella con 32. La ceremonia fue celebrada por el obispo de Ruan, Pretextato. Este matrimonio le acarrearía a Brunegilda la acusación de incesto y lascivia.

Chilperico I logró anular el matrimonio, Enfurecido con su hijo Meroveo, le prohibió el uso de armas y lo hizo tonsurar y ordenar sacerdote por la fuerza -lo que implicaba la pérdida del derecho de sucesión al trono- pero el príncipe logró escapar. Brunegilda intentó, por todos los medios, procurarle asilo en Austrasia, pero los nobles austrasianos se opusieron agrumentando que hacerlo atraería la ira del Chilperico I. Después de muchas desventuras, Meroveo II, tenazmente perseguido por su propio padre y por Fredegunda, falleció en el año 577. El obispo que lo desposó con Brunegilda, Pretextato, fue asesinado en el año 586. Ambas muertes se atribuyeron a las conspiraciones de Fredegunda, quien también intentó asesinar a Brunegilda después de la anulación del matrimonio.

Primera regencia.


Brunegilda regresó a la corte de Austrasia, pero el rechazo de la nobleza la obligó a buscar refugio en la corte de Gontrán de Borgoña, retornando un tiempo después para asumir la regencia por su hijo.

Entonces, comenzó a actuar como soberana de Austrasia, organizando y mejorando la estructura del reino. Reparó caminos, construyó iglesias, abadías y castillos, reformó las finanzas y reorganizó el ejército, pero tantos gastos afectaron a los intereses de los nobles y éstos le mostraron su hostilidad.

Brunegilda reaccionó imponiendo la autoridad de la corona. Para reafirmar esta autoridad, solicitó a Gontrán de Borgoña -que no tenía hijos vivos- que adoptara a su hijo Childeberto II, la cual cosa este no tardó en aceptar.

En el año 579, casó a su hija Ingunda, de 13 años, con el príncipe visigodo Hermengildo, acabando este matrimonio en tragedia al morir ambos como consecuencia de las conspiraciones y luchas entre arrianos, católicos y bizantinos en Hispania.

Su hijo, Childeberto II, comenzó a reinar como soberano de Austrasia al rededor del año 583, con 13 años de edad.

La mano de hierro de la reina-abuela.


En el año 584 falleció, asesinado, Chilperico I de Neustria. Este crimen se atribuyó tanto a Brunegilda como a Fredegunda. Esta última asumió la regencia de Neustria por su hijo recién nacido, Clotario II, y atentó nuevamente contra la vida de Brunegilda.

Dos años más tarde nació Teodeberto II y en el año 587 nació Teoderico II, ambos hijos de Childeberto II y nietos de Brunegilda. Su enemiga, Fredegunda, atentó nuevamente contra la vida del rey, Brunegilda y su primer nieto.

Brunegilda no sólo tenía enemigos en la corte de Neustria. Algunos nobles de Austrasia se le oponían firmemente. Los duques Rauching, Ursio y Berthefried, que se habían enfrentado anteriormente a la reina y habían conspirado para asesinar a Childeberto II, fueron ejecutados por orden de Brunegilda en el año 587.

Las relaciones entre Gontrán de Borgoña y Childeberto II se deterioraron, iniciándose una guerra que terminó en el año 587, con el Tratado de Andelot. En éste tratado se estableció la herencia recíproca de los reinos en caso de fallecimiento de alguna de las partes.

Ese mismo año, el rey visigodo Recaredo I estableció una alianza con Childeberto II y solicitó, además, en matrimonio a Clodosvinda. Brunegilda aceptó bajo la condición de que el matrimonio debía ser aceptado -por razones políticas-  por Gontrán I, pero éste último se negó a aceptar.

En el año 593, Gontrán I falleció y Childeberto II subió al trono de Borgoña. El joven rey intentó iniciar una guerra contra Neustria, pero fracasó. Brunegilda participó personalmente en las decisiones políticas que se tomaron en el momento.

Tres años más tarde murió, envenenado, Childeberto II, a la edad de 26 años. Este crimen se atribuyó a Fredegunda. No obstante, otros cronistas de la época, hacen referencia a una conspiración de los nobles de Austrasia e, incluso, se llegó a sospechar de la propia Brunegilda.

Ésta reaccionó con rapidez y asumió la regencia, esta vez, por sus dos pequeños nietos. Teodoberto II se convirtió en rey de Austrasia y Teoderico II de Borgoña.

En el año 597 falleció, por enfermedad, la reina rival Fredegunda, mientras regresaba de una expedición militar victoriosa contra Austrasia, en Laffaux. Su hijo Clotario II, que contaba con 13 años de edad, fue nombrado rey de Neustria. Brunegilda intentó derrocar a Clotario II y asumir el poder de todos los reinos francos, pero no recibió apoyo suficiente y fracasó.

Por instigación de la nobleza austrasiana, su nieto Teodeberto II asumió el trono en el año 599 y apartó a su abuela del poder, expulsándola de la corte de Austrasia. Brunegilda buscó refugio en la corte de Borgoña, en la ciudad de Orleans, donde fue muy bien recibida por su otro nieto, Teoderico II.

Relación de Iglesia


Brunegilda estableció buenas relaciones con el Papa Gregorio I Magno, elegido en el año 590.

Existen tres cartas del Pontífice enviadas a Brunegilda. En la primera, el Papa comienza alabándola por ser una madre y reina ejemplar y le solicita patrocinio para el presbítero Candidus. En la tercera epístola, el Papa le solicita su patrocinio para San Agustín de Canterbury, en su camino a evangelizar al pueblo de los anglos.

El obispo de Autun, San Desiderio de Vienne (elegido en el año 596), criticaba con dureza las costumbres de la corte de Teoderico II y, de igual manera, de Brunegilda. La reina escribió al Papa Gregorio I, quejándose de la actitud de San Desiderio hacia su familia.

El obispo fue suspendido de su cargo, pero el conflicto continuó entre el obispo, los soberanos y la nobleza borgoñona. Años después, San Desiderio criticó públicamente a Teoderico II y a Brunegilda, lo que resultó en su asesinato, cometido por incondicionales de Teoderico II.

El monje irlandés San Columbano de Lexehuil se opuso a que el rey Teoderico II viviera en concubinato y lo incitó a buscar una esposa. La elegida fue Ermenberga, hija del rey visigodo Witerico, pero la princesa fue rechazada por Brunegilda, repudiada por el rey y devuelta a Hispania sin su dote.

En una ocasión, San Columbano decidió viistar la corte de Teoderico II en Autun. Brunegilda lo recibió con respeto y le solicitó una bendición para sus bisnietos, hijos de Teoderico II. El religioso se negó a hacerlo, aduciendo el origen ilegítimo de los niños, y profetizó que nunca llegarían a reinar. Brunegilda, ofendida, logró su expulsión del reino de Borgoña en el año 610.

Últimos años de vida


Brunegilda, ya con 60 años, continuaba dirigiendo las luchas por el poder entre los reinos francos. Las relaciones entre Teoderico II y Teodeberto II eran muy inestables, pero ambos hermanos se unían en ocasiones para combatir a otros.

Las relaciones entre ambos hermanos se fueron deteriorando cada vez más. Teodeberto II estaba influenciado por la nobleza austrasiana y Teoderico II se dejaba guiar por el consejo de Brunegilda. La manzana de la discordia fue una disputa por territorios. Como, en el año 612, Teoderico y Brunegilda ostentaban mucho poder, con grandes territorios conquistados, resolvieron atacar a Teodeberto, el cual perdió la guerra ese mismo año.

Por orden de Brunegilda, Teodeberto fue tonsurado (lo cual, según las costumbres de la época, lo inhabilitaba para volver a asumir el trono hasta que le volviera a crecer el pelo) y encerrado en un monasterio junto a su hijo, donde fallecieron ese mismo año. Los cronistas atribuyeron estas muertes a Brunegilda, quien las había ordenado para convertir a su nieto Teoderico II en el indiscutido rey de Austrasia.

Teoderico II tomó el trono de Austrasia, pero poco después enfermó de disentería y falleció a los 26 años, en el año 613.

Brunegilda, ya con 70 años, reclamó entonces la corona para su bisnieto Sigeberto II y se proclamó soberana de los dos reinos, pero la nobleza austrasiana, dirigida por Pipino de Landen y por San Arnulfo, la rechazaron y pactaron una alianza con Clotario II de Neustria quien, por invitación de ambos, invadió el reino de Austrasia.

Brunegilda, al verse sin ningún apoyo militar, buscó la ayuda de las tribus germanas que vivían a orillas del Rin pero, en su huida, fue descubierta y apresada, en Orbe, por Herbon, un terrateniente que la traicionó y la entregó a Clotario II. Fue sometida a juicio en Renève, donde se la responsabilizó de la muerte de muchas personas importantes. Pero, en realidad, varios de esos asesinatos habían sido ordenados por Fredegunda, la madre de Clotario II, y por Clotario II mismo.

Según las crónicas de la época, la anciana reina fue sometida a tormento durante tres días, después fue exhibida desnuda sobre un camello para la mofa del ejército de Clotario II y, finalmente, atada a la cola de un caballo que la arrastró hasta matarla.

Después de días de tortura, Brunegilda falleció el 13 de octubre del año 613. Sus restos fueron incinerados y sus cenizas fueron depositadas en un sarcófago de la Abadía de San Martín en Autun, fundada por ella en el año 602. Hoy en día, sus restos reposan en el Museo Rolin de Aviñón.

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domingo, 27 de septiembre de 2015

La leyenda del Rey Arturo: la historia de Ginebra, Merlin y Lancelot

Cuenta la leyenda que Uther, rey de lo que hoy en día se conoce como Gran Bretaña, decidió firmar la paz con uno de sus más fieros enemigos: el duque de Cornualles. Para ello, invitó al duque y a su esposa a su castillo. Cuando Uther conoció a la duquesa Ingraine, quedó totalmente enamorado de ella. Al darse cuenta de esta situación, la duquesa le pidió a su marido que se retiraran inmediatamente del castillo y regresaran a casa. El duque de Cornualles se retiró del castillo y reinició la guerra. El amor de Uther por la duquesa era tan profundo que se enfermó y buscó la ayuda de Merlín, el mago de la corte. Éste le dijo que lo único que tenía era "mal de amores" y que podía ayudarlo con una condición: el hijo que tuviera con Ingraine se lo entregaría a él (Merlín), para educarlo y prepararlo para cumplir su destino, que no era otro que ser el más grande monarca de Inglaterra.  Esta conversación animó a Uther a ir con sus tropas en busca de su amor. El duque se enteró de sus intenciones y fue a su encuentro. En la lucha, el duque muere y los mensajeros de Uther convencen a Ingraine para que devenga su esposa. Al final, ella accede y pronto se casa. Cuando nació el heredero, Merlín fue a visitar a Uther y éste se lo entregó tal y como había prometido. La criatura fue entregada a Sir Héctor, un noble cortesano, que no conocía sobre la sangre real del niño. El bebé fue bautizado con el nombre de Arturo.

Cuando Arturo cumplió los dos años, su padre falleció. Entonces, el reino entró en una etapa de anarquía que duró varios años. Un buen día, Merlín, reunido con el arzobispo de Canterbury, afirmó que sería Cristo, a través de un milagro, quien señalaría el sucesor legítimo de Uhter. El milagro no se hizo esperar y, en el cementerio cercano a la iglesia, apareció una espada encajada en una roca. En la hoja de la espada estaba inscrito "Quien pueda desencajarme de ésta roca será Rey de toda Bretaña por derecho de nacimiento". Ante esto, todos los nobles intentaron sacar la espada, sin ningún resultado.

Fue así como se estableció un torneo anual, en el cual los caballeros asistentes podían probar suerte con la espada milagrosa.

En uno de estos torneos, participaban Sir Héctor y Sir Kay (hijo biológico de Héctor y hermanastro de Arturo), Arturo no participaba porque todavía era un muchacho de 15 años. Cuando comenzó la competición, Sir Kay se dió cuenta de que no tenía su espada, entonces pidió a su hermanastro que se la fuera a buscar a casa.

Arturo fue corriendo a buscarla pero no pudo entrar en la casa, pues la puerta estaba cerrada, entonces se acordó de la espada que estaba en el cementerio y fue en su busca. Tomó la espada por su empuñadura y la sacó de la roca con total facilidad. Al entregársela a Sir Kay, éste se dio cuenta al instante de que era la espada del cementerio, así que se la mostró a su padre.  Sir Héctor se quedó estupefacto y llevó a su hijos hasta el cementerio. Allí le dijo a Arturo que volviera a meter la espada en su lugar, Arturo lo hizo. Luego, le instó a que la sacara nuevamente. Al ver a su hijo adoptivo sacar la espada nuevamente, tan fácilmente, se postró de rodillas al igual que Sir Kay. Arturo quedó muy asombrado ante esto y Sir Héctor, emocionado, le explicó que desde ese mismo instante sería Rey de Gran Bretaña. colocándose la espada en el altar mayor de la Catedral de Canterbury.

Poco después de su nombramiento, un día, Arturo salió a pasear por los bosques cercanos al palacio. En un camino solitario, vio a unos maleantes que estaban acosando a un pobre anciano, cuando éstos vieron a Arturo acercándose se echaron a correr. El rey no se había dado cuenta que ese viejo indefenso era el gran Merlín. Éste, lejos de agradecerle su intervención, le dijo a Arturo que lo estaba esprando y que le iba a salvar la vida. Unos minutos después, se encontraron con un caballero en lam itad del camino quien, con aire arrogante, les dijo: "Nadie pasa por aquí sin antes pelear conmigo". Arturo aceptó el reto pero, aunque luchaba con fiereza, el caballero era mucho más diestro. Tanto fue así que el rey casi perdió la vida, si no es por la ayuda de Merlín quien, con sus poderes mágicos adormeció al caballero. Después de esto, Merlín le explicó que el nombre de ese arrogante caballero era Pellinore y que sería el padre de Percival y Lamorak de Gales. Percival sería uno de los buscadores del Santo Grial.

Arturo no le dio mucha importancia a las palabras del mago, ya que estaba más preocupado por su espada, la cual había perdido durante la reyerta. Entonces, pocos minutos después, pasaron por un lago donde, de forma misteriosa, se encontraron un brazo erguido que sobresalía del agua empuñando una espada. "Ahí está tu espada", dijo Merlín. Arturo, que no sabía como llegar hasta ella, vio a lo lejos una barca en cuyo interior se encontraba una joven vestida de blanco. "Ella es la Dama del Lago, debes convencerla para que te dé la espada", explicó Merlín.

La Dama se acercó y Arturo le pidió la espada, ella le dijo que se la daría si éste le concedía un deseo. Arturo aceptó y la dama le dijo: "Toma mi barca y navega hasta donde se encuentra el brazo, él te dará la espada. En cuanto a mi deseo, te lo pediré después". Cuando Arturo tomó, por fin, la espada vio que en la hoja se podía leer la palabra "Excalibur", más abajo decía "Tómame" y, del otro lado, decía "Arrójame lejos". Esta espada sería la protagonista de innumerables batallas victoriosas y de grandes hechos heroicos. 

Durante sus primeros años de gobierno, el rey Arturo, pacificó el país y creó un mejor estado de vida para sus súbditos. Fue un rey muy amado y respetado por sus súbditos, así como temido por sus enemigos. Cuando ya tenía edad para casarse, le comentó a Merlín que, en una visita que había hecho al reino de Camelot, había visto a la princesa y se había enamorado de ella. Acto seguido, le pidió al mago que reuniera una comisión de representantes del reino británico para viajar hacia Cameliard y pedir la mano de Ginebra, hija del Rey Legradance. El rey de Cameliard quedó encantado con la propuesta y, además de conceder la mano de su hija, le envió como regalo una mesa redonda que le había sido donada por el difunto Rey Uther. En esta mesa cabían hasta 150 caballeros sentados.

Cuando Arturo escuchó las buenas noticias que le traía Merlín, se alegró mucho y mando a Sir Lancelot (su mejor caballero) a recibir a Ginebra y llevarla al castillo del rey. Cuando Sir Lancelot vio por primera vez a la futura reina de Camelot, se enamoró perdidamente y a ella le sucedió lo mismo. No obstante, ambos eran conscientes de la situación en la que se encontraban y, por el momento, no hicieron nada al respecto.

La mesa redonda se colocó en el gran salón del castillo. Arturo decidió que en ella se sentarían sus mejores caballeros y que, para poder sentarse en ella, tendrían que realizar un juramento especial de fidelidad al reino de Camelot, a la Iglesia y a las más nobles costumbres. Ningún caballero que fuera miembro de la Mesa Redonda podría llevar a cabo actos ilegales, deshonestos ni criminales.

Cuando se pusieron, por primera vez, ante la Mesa y se disponían a sentarse, un gran relámpago, seguido por un fuerte trueno, los sorprendió a todos. Merlín, que se encontraban allí junto al rey, dijo: "Caballeros, es el momento para que cada uno le rinda homenaje al rey". Cada uno de los caballeros fue postrándose de rodillas ante Arturo, como acto de sumisión, fidelidad y respeto. A medida que iban pasando, el nombre de cada caballero aparecía grabado en oro en una de las sillas. Una vez sentados en sus respectivos puestos, los caballeros se dieron cuenta que sobraban tres sillas. Entonces, Merlín les explicó:

"Dos de estos tres puestos serán para los dos mejores caballeros de cada año, y la otra silla será sólo para el hombre más digno del mundo. Si alguien no reúne méritos para sentarse en esta silla y osa sentarse, morirá en el acto". Fue así que, en lo sucesivo, varios caballeros se turnaron el derecho de sentarse en los dos puestos de honor, pero ninguno se atrevía a sentarse en el puesto prohibido. Ni siquiera Lancelot, que era considerado como el más valiente y digno de todos los caballeros, osaba sentarse ahí.

Años después, un gran sabio se presentó en el castillo. Arturo lo hizo pasar. El anciano, al ver el puesto vacante, dijo: "El espíritu de Merlín me visitó y me dijo que, en ese asiento, se habrá de sentar el caballero más digno y más puro del reino, aquel que conseguirá traer el Santo Grial. Este caballero aún no ha nacido". Todos los caballeros que se encontraban reunidos con el rey se quedaron estupefactos por esta revelación y Arturo se sorprendió aún más, ya que ni siquiera sabía de la muerte del mago.

El Santo Grial era el cáliz donde José de Arimatea había depositado la sangre de Jesucristo. Se suponía que tenía propiedades mágicas y que aquel que lograra verlo podía ser testigo de una experiencia espiritual trascendental. Sucedió que un buen día, 20 años después de la fundación de la Mesa Redonda,  Elaine, hija del Caballero Pelle, se presentó en palacio con el hijo que le había dado a Lancelot.

Al entrar el niño en el Gran Salón, sucedió un milagro: en el espaldar de la Silla Prohibida apareció grabado en letras doradas "Éste asiento ha de ser ocupado". Al ver este mensaje, Sir Lancelot supo que su hijo, Galahad, era el elegido para sentarse en esa silla. Años después, Galahad pidió a su padre que le diera permiso para entrar a formar parte de la Mesa Redonda, Lancelot se lo concedió. Cuando Sir Galahad cumplió los 15 años, entro en el salón de la Mesa Redonda acompañado por un anciano. El anciano le apuntó el asiento prohibido y en éste se formó, mágicamente, el nombre de Galahad en el espaldar de la silla.

Ese mismo día comenzaban los torneos tradicionales, en los cuales Galahad mostró sus grandes habilidades y su valentía. Cuando acabaron los días de torneos, todos los caballeros se reencontraron ante la Mesa Redonda. Comenzaron a debatir los quehaceres cotidianos del reino y, cuando la conversación ya estaba bastante avanzada, fueron interrumpidos por un fuerte trueno y un rayo que atravesó la mesa. Todos quedaron estupefactos al ver bajar monentáneamente, a través del rayo, el Santo Grial. Éste se encontraba cubierto por una  fina tela de oro.

Una vez terminada la aparición, Sir Gawaine se levantó y exaltado dijo: "Nos ha sido negada la visión del Santo Grial y yo anuncio que mañana iré en su búsqueda, y no regresaré a Camelot hasta que lo haya visto". Este anuncio contagió a todos. Uno a uno se fueron levantando y haciendo el mismo juramento.

El rey Arturo se quedó muy consternado. Con lágrimas en los ojos, le dijo a su querido sobrino que, con su decisión, había destinado a la Orden de la Mesa Redonda a su pronta disolución. Todos los caballeros de dicha Orden se dispersaron por todo el mundo y muy pocos regresaron a Camelot con vida. La misma Ginebra y Lancelot estaban tristes, ya que sabían que le había llegado su definitivo fin a la Orden de los Caballeros de la mesa Redonda.

El gobierno del rey Arturo entró en decadencia. La Orden ya no era tan gloriosa como antes. Las intrigas palacietas comenzaron a desestabilizar la paz del reino, llegando a desencadenar una guerra civil.

Sir Mordred y Agravine pusieron una trampa a Sir Lancelot y a Ginebra. Estos caballeros deseaban, desde hacía mucho tiempo, tomar el poder y derrocar a Arturo. Así pues, encerraron a Lancelot y a Ginebra en una habitación y, después, mientras se encontraban acompañados por un destacamento de caballeros exigieron, a grandes voces, que salieran del a habitación. Todo esto lo hicieron con la intención de demostrar al rey las relaciones adúlteras de su esposa con su más querido caballero. Entonces, Sir Lancelot abrió la puerta y dejó entrar a uno de los caballeros, la cerró rápidamente y lo mató, y luego volvió a hacer lo mismo hasta que mató a 13 caballeros. Entre ellos se encontraba Agravine.

Entonces, Sir Mordred informó a Arturo que debía apresar a Lancelot por traición, pues decía que tenía intención de destronarlo y desposar a la reina. El destino de la reina debía ser la hoguera, pues era una pecadora. Los caballeros tomaron diferentes partodios, algunos defendieron a Lancelot y otros siguieron fieles a Arturo. El rey estaba confundido, no podía frenar la cruenta guerra que asolaba Camelot y no quería creer la traición de Ginebra, pero la matanza que había realizado Lancelot no le parecía justa. Sir Lancelot quería acabar con la guerra, pero debía detener a los partidarios de Sir Mordred que intentaban quemar a Ginebra en la hoguera. Sir Lancelot salvó a Ginebra pero, durante la reyerta, tuvo que enfrentarse a Sir Gareth y a Sir Gaheris, hermanos de Sir Gawain, y les dio muerte.

En uno de los momentos, durante un combate, el rey cayó al suelo y Sir Bors, que apoyaba a Sir Lancelot, le dijo a éste último: "Señor, si quiere, lo mato y acabamos con esta lucha". Sir Lancelot se negó de forma inmediata y ayudó al rey a subirse al caballo. Este episodio le dolió mucho, tanto al rey como a él. Lancelot le confió a Arturo la suerte de Ginebra, y éste le prometió que su vida sería respetada.

Finalmente, Sir Lancelot decidió exiliarse en Francia. Sir Gawain juró perseguir al asesino de sus hermanos hasta darle muerte. Se hizo acompañar por el mismo Arturo para lograr su venganza, pero no podía satisfacer sus deseos, pues Lancelot lo derrotó durante un duelo donde casi perdió la vida. Mientras todo esto sucedía, Sir Mordred informó oficialmente a todo el reino sobre la muerte del rey Arturo y se autoproclamó Rey de Camelot.

Enterado de esto, el rey Arturo partió junto con Sir Gawain y un gran ejército hacia Camelot para recuperar su trono. En la primera batalla contra el ejército de Mordred, Sir Gawain cayó mortalmente herido. Sus últimas palabras fueron de arrepentimiento por no haberse dado cuenta, a tiempo, de la alta traición de Sir Mordred y se confesó culpable de haber alejado al rey Arturo de Camelot para saciar su venganza personal. Durante su agonía, Sir Gawain escribió una carta a Sir Lancelot, rogándole que regresara a Inglaterra y ayudara al rey a derrotar a sus traidores. Después de esto, falleció.

La noche anterior a la última batalla con Mordred, Arturo tuvo un sueño donde Sir Gawain le decía que debía esperar a Lancelot, para enfrentarse a las huestes del traidor. Si no hacía esto, moriría junto a Mordred. Entonces, el rey decidió pactar un acuerdo de paz con Mordred, para ganar tiempo mientras esperaba que Lancelot llegara. Mordred aceptó y se citaron un día para hacer oficial la firma del tratado de paz. El clima era tenso y un mal movimiento podía desencadenar una nueva lucha durante la firma. Fue la providencia la que ocasionó la desgracia: una serpiente mordió la pata de un caballo y su jinete sacó su espada para matarla. Esto fue entendido, por el ejército contrario, como una señal de guerra y todos se lanzaron ferozmente a la batalla. La matanza fue increíble. Perdieron la vida más de 100.000 soldados. De las tropas de Arturo solo sobrevivió Sir Bevidere y Mordred quedó solo. El rey vio ante sí a su enemigo y dijo: "¡Ven vida, ven muerte!". Y se lanzó, con Excalibur en la diestra, a matar a Mordred. Éste murió al instante, pero Arturo cayó encima de la espada de su adversario y quedó, a su vez, muy gravemente herido.

Arturo, quedó tirado en el suelo y recordó el mensaje que tenía escrito Excalibur en un lado: "Arrójame lejos". Entonces, con voz débil, llamó a Sir Bevidere y le dijo: "Lleva mi espada cerca del agua y arrójala lejos". Sir Bevidere tomó a Excalibur, pero no quiso deshacerse de ella, la escondió, y le contó a Arturo que ya lo había hecho. El rey le preguntó que había sucedido cuando la lanzó y Bevidere respondió que sólo había visto la espada entrar en el agua. Arturo lo reprendió y le dijo que era un mentiroso y que cumpliera su súplica. Bevidere trató engañar de nuevo al rey, pero éste se enfureció lo suficiente como para convencerlo de que debía hacerlo. Al lanzar a Excalibur al agua del Lago salió de su centro un brazo desnudo que la agarró y se hundió con ella. Al contárselo, a Arturo éste, aliviado, dijo: "Ahora, llévame junto al Lago".

Cuando llegaron al Lago, una balsa estaba esperándolos. En la balsa se encontraban tres reinas vestidas de luto, y con sus rostros tapados por un velo negro. Sir Bevidere colocó a su rey en la balsa y, con lágrimas en los ojos, se despidió de él. La balsa surcó las aguas del Lago y desapareció de la vista. Nunca se supo el destino del cuerpo de Arturo y, mucho menos, la identidad de las tres reinas que lo acompañaron.

Días después, Sir Bevidere, paseando por el bosque, se encontró una capilla en la cual habían sepultado a un señor que había sido traído por tres misteriosas damas veladas y vestidas de negro. El caballero supuso que ése era el cuerpo de Arturo y decidió quedarse cerca y llevar una vida de ermitaño.

Mientras todo eso había sucedido, Sir Lancelot se encaminaba hacia Camelot para apoyar a las huestes de Arturo. Durante el camino se encontró con la tumba de Sir Gawain y se enteró de la muerte del rey. Entonces, se dirigió hacia la ermita de Sir Bevidere, donde lo acompañaría en la vida ermitaña hasta el fin de sus días.  Al fallecer Ginebra, poco tiempo después de Arturo, su cuerpo fue trasladado a la capilla donde se suponía que yacía el cuerpo del rey Arturo.

El reino de Arturo había llegado a su fin. La anarquía reinaría durante una buena temporada. La corte del rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda se convertirían en leyenda y nunca más volverían a coincidir  hombres tan dignos, con ideales tan puros, en un mismo lugar y en una misma época.

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