jueves, 15 de diciembre de 2016

La crianza de los niños en la Antigua Grecia

Los antiguos griegos se preocupaban por los niños desde el primer momento en que la futura madre sabía o sospechaba de su embarazo. Para que no hubieran problemas durante el parto, se recomendaba a las embarazadas que realizaran ejercicio físico y se alimentaran de forma adecuada. En el momento del parto, la mujer solo podía estar acompañada de otras mujeres, dejando a los hombres al margen.

Era extraño que un hombre estuviera presente durante el parto. El lugar donde se daba a luz era el gineceo, ya que era la zona más resguardada de la casa y favorecía la privacidad del momento.

A los pocos días del parto se celebraban las Anfidromias, una fiesta familiar en la que el padre caminaba alrededor del fuego doméstico con el bebé en brazos, presentándolo a sus parientes. Entonces le otorgaba el nombre, que generalmente solía ser el mismo que el del abuelo. Las familias más pudientes solían organizar una celebración más solemne, que incluía un banquete y un sacrificio.

En Atenas y en otras comunidades griegas, se llevaba a cabo la presentación en sociedad del recién nacido varón con motivo del Festival de las Apaturias, que se celebraban de forma anual entre los meses de octubre y noviembre. Todos los ciudadanos varones se reunían en las fratrías (sociedades hereditarias) y, durante el tercer día de estas festividades, los varones que habían nacido durante el último año eran registrados de forma oficial en presencia de los miembros de la fratría.

En la tradicional sociedad griega se valoraba más tener un hijo que una hija, pues el varón estaba mejor considerado porque se pensaba que podría contribuir a la economía familiar de forma más decisiva que una hija. Asimismo, en la Antigua Grecia eran especialmente apreciados los hijos únicos, los primogénitos o los que nacían de padres mayores, pues se consideraba que eran un regalo divino y que estos últimos podrían estar atendidos por un familiar directo durante sus años de vejez.

En Atenas, los niños y las niñas hasta los 6  años de edad pasaban la mayor parte dentro del gineceo, en compañía de las mujeres de la casa. En esa época ya se pensaba que los juegos infantiles tenían una gran importancia para moldear la personalidad y el desarrollo del talento individual. Se recomendaba que los niños que, por ejemplo, en un futuro tuvieran que ser campesinos o albañiles usaran juguetes relacionados con su futura actividad como adulto. Los niños que todavía estaban con las mujeres no recibían ninguna enseñanza ni realizaban esfuerzos físicos, en lugar de ello, se los animaba a que sus juegos imitaran las actividades serias de la vida adulta. No obstante, esta estricta educación moral no era la regla.
Los niños griegos se entretenían con juegos que aún existen hoy en día, como la gallinita ciega.

Las madres desarrollaban una relación muy estrecha con sus hijos, pues eran éstos los que justificaban su papel dentro de la familia. Esto no significa que sobreprotegieran a sus hijos. En el caso de Esparta, por ejemplo, las madres presionaban a sus hijos para que cumplieran con sus deberes militares hasta la muerte, al entregarles el escudo antes de partir hacia el combate, les decían "Vuelve con él o encima de él". Es por esto que las nodrizas espartanas eran muy apreciadas en toda Grecia.

En cambio, la relación con el padre era más fría y distante. Éste llamaba a sus hijos con el apelativo de pais, el mismo término que se empleaba para denominar a los esclavos, siendo esto un reflejo de la absoluta autoridad que el padre de familia ejercía sobre sus vástagos. Las mujeres, en cambio, llamaban a sus hijos con el apelativo cariñoso de teknon, que significa criatura. A pesar de la autoridad paterna, con el tiempo la disciplina paterna se suavizó bastante.

A partir de los seis años, los niños comenzaban a asistir a la escuela y quedaban bajo la autoridad de un pedagogo, quienes podían llegar a ser contratados tan pronto como el niño finalizaba la lactancia y comenzaba a comprender el habla. El pedagogo acompañaba al niño a la escuela y ayudaba en su formación.

Cabe destacar el papel que los niños tuvieron en la religión de la Antigua Grecia, porque simbolizaban la pureza y éste valor era imprescindible para entrar a servir en un templo. Los coros infantiles eran fundamentales en las celebraciones religiosas y solían competir entre ellos en el festival ateniense de las Dionisias urbanas.

En ciertos cultos los niños sirvieron como sacerdotes. Las sacerdotisas de Artemisa eran niñas por debajo de la edad de contraer matrimonio y, en el Peloponeso, el sacerdote de Zeus era elegido entre los niños que habían ganado un concurso de belleza.

Junto a la pureza, el hecho de ser niño conllevaba otro beneficio ritual dentro de la religión griega: no estar contaminado por la cercanía de la muerte. Por este motivo, los niños cortaban las ramas de los olivos sagrados con las que se elaboraban las coronas de los vencedores olímpicos. Estos niños eran aquellos cuyos padres no habían fallecido y, por tanto, mantenían el favor divino.

Algunos niños fallecidos a tierna edad eran venerados como héroes, seres intermedios entre los dioses y los mortales. Se les atribuían grandes poderes, quizá porque habían fallecido mucho antes de la edad natural y habían adquirido, así, un carácter vengativo. 



domingo, 11 de diciembre de 2016

Gran hambruna de 1315

Fue una hambruna generalizada en Europa del Norte, que dio inicio a la crisis del siglo XIV. Marcó el final de la expansión económica y demográfica que se había vivido entre los siglos XI y XIII, denominada óptimo medieval. Se debió a la pérdida de las cosechas debida al mal tiempo que comenzó en primavera del año 1315, fue crítico el invierno de 1315-1316 y duraría hasta el verano de 1317, aunque la situación era mala desde el año 1314 y el restablecimiento de una relativa normalidad agrícola no llegó hasta el año 1320. El invierno de 1317 fue devastador para los rebaños, falleciendo numerosas cabezas de granado y estallando, en el año 1318, una peste bovina que no cesó hasta el año 1320. En el 1319 hubo una buena cosecha, pero durante los años 1320 y 1322 las condiciones climáticas volvieron a ser adversas. Las pequeñas hambrunas localizadas fueron frecuentes en la Edad Media, pero ésta superó a todas las demás en extensión, duración y mortaldad. La escasez condujo a la carestía y, además de consecuencias demográficas (morbilidad y mortalidad elevadas) desencadenó todo tipo de conflictos sociales e incrementó la criminalidad. Se produjeron casos de canibalismo e infanticidio. Las consecuencias en las mentalidades y las instituciones políticas y religiosas, a largo plazo, se mezclaron con las de la Peste Negra.

Una hambruna en la Europa de la Edad Media implicaba la mortalidad masiva por inanición. Estos eran sucesos habituales, tanto en Francia como en Inglaterra. No obstante, en la Corona de Aragón, éste se conoce como "lo mal any primer", en vista de los que vinieron después.

Para gran parte de la población, lo normal era que no hubiera suficiente comida, y la esperanza de vida era corta por la alta mortalidad infantil. Incluso entre las clases altas, que no tenían porqué verse afectadas directamente por el hambre, padecieron sus efectos indirectos, sufriendo un aumento de la mortalidad: los registros de la familia real británica recogen una esperanza media de vida de 29 años.

La gran hambruna estuvo limitada a Europa del Norte, incluyendo las islas británicas, el norte de Francia, los Países Bajos, la Corona de Aragón (zona norte), los Países Bajos, Escandinavia, Alemania y Polonia Occidental. La hambruna quedó limitada al sur por los Alpes y los Pirineos.

Durante el período cálido medieval, anterior al año 1300, la población europea se había visto incrementada a un ritmo elevado y mantenido durante siglos. En algunas zonas se alcanzaron niveles de población que no serían igualados hasta el siglo XIX. De hecho, actualmente aún existen zonas de Francia donde la población actual es inferior a la de comienzos del siglo XIV. Por otro lado, las cosechas de trigo se encontraban en descenso desde el año 1280, lo que obligaba a realizar una estricta restricción de su consumo: por cada semilla plantada se recogían dos y una de ellas era conservada para el cultivo. Los efectos negativos eran inevitables, ya que el incremento de la población fomentaba el cultivo de zonas marginales y poco fértiles, y no se producía una mejora tecnológica que pudiera compensarlo. Consiguientemente, se produjo un alza de los precios.

Entre los años 1310 y 1330 Europa vivió algunos de los peores y más lóngevos períodos de mál tiempo de la Edad Media, con inviernos duros y veranos fríos y lluviosos.

El cambio climático conjuntamente con una población de niveles históricamente desconocidos como consecuencia del crecimiento demográfico mantenido durante siglos, produjo una situación muy vulnerable: incluso las cosechas inferiores a la media implicaban la extensión masiva del hambre. La escasa previsión de la hambruna y de sus efectos no se encontraba al alcance de las instituciones, dado el nivel de desarrollo político y social de la época.

En el año 1315, un período de lluvias inusualmente intenso azotó gran parte de Europa.  A lo largo de la primavera y el verano, las precipitaciones abundantes continuaron, mientras que las temperaturas se mantuvieron bajas. Estas condiciones climatológicas provocaron la pérdida de la mayor parte de las cosechas. La paja y el heno para en ganado no pudo secarse y no hubo forraje para los animales. El precio de la comida comenzó a subir, doblándose entre la primavera y el verano. La sal, el único medio para conservar la carne, era difícil de obtener porque el agua se evapora mucho peor en un clima húmedo. Los precios del trigo se incrementaron en un 320% y la gran mayoría de la población no podía comprar pan. Los almacenes de grano para emergencias solo eran accesibles para la nobleza. La gente comenzó a recolectar raíces, plantas, frutos y cereales silvestres. En una ocasión, Eduardo II de Inglaterra, en agosto de 1315, se detuvo en St. Albans sin que se pudiera encontrar comida que ofrecerle ni a él ni a su séquito; que el rey de Inglaterra no pudiera comer fue un acontecimiento extraño. Luis X de Francia intentó invadir Flandes, pero los campos estaban inundados y el ejército era incapaz de avanzar, ya que contínuamente se quedaban atascados en el barro; finalmente, tuvieron que retirarse y abandonar todos sus suministros.

En la primavera del año 1316 continuaba lloviendo sobre una población cuya energía y reservas se encontraban mermadas. Todas las clases afectadas se vieron afectadas, pero especialmente los campesinos, que representaban el 95% de la población y no tenían reservas de comida. En un intento de aliviar la situación, se sacrificaron animales de carga y se destinó a alimentación el grano reservado para la siembra, los niños eran abandonados a su suerte y algunos ancianos renunciaban voluntariamente a su comida para que la nueva generación pudiera salir adelante. Los cronistas de la época relatan muchos casos de canibalismo.

El peor momento de la hambruna fue en el año 1317, mientras se mantenía el clima lluvioso. Finalmente, durante el verano el clima regresó a la normalidad. No obstante, la población estaba tan debilitada por el hambre y las enfermedades (como la neumonía, bronquitis y tuberculosis), y se había consumido tanta semilla reservada para la siembra, que habría que esperar hasta el año 1325 para que la producción agrícola regresara a un nivel normal y la población volviera a crecer.