miércoles, 25 de enero de 2017

La belleza en la Edad Media

La Edad Media es una época de gran extensión temporal que abarca 10 siglos, donde el arte y el cánon de belleza cambian. Si hay algo muy común y que dirige toda la vida de la Edad Media es que es un periodo completamente dominado por los dogmas de la Iglesia Católica, la cual afirmaba que todo estaba en unidad con Dios y que todo emanaba de su divina providencia. Así pues, también se consideraba que la belleza provenía de Dios.

Los vestidos femeninos durante la Edad Media eran muy recatados. El cuerpo de la mujer era considerado un instrumento pecaminoso, y aunque se adoraba a la Virgen María, las mujeres reales se veían obligadas a vivir bajo unas estrictas reglas de vestimenta que se encontraban en estrecha relación con la tradición judeo-cristiana del pecado, el pudor y las creencias religiosas, creando una especie de identidad moral que debía ser respetada bajo cualquier circunstancia, ya que el caso contrario llevaba al castigo y la condena eterna.

En esta época creía que la belleza física era era una cualidad etérea que se acababa marchitando a lo largo del tiempo y que, en realidad, lo que era eterno era la belleza espiritual, es decir, la pureza del alma. En este punto, aunque la influencia de la tradición judeo-cristiana en la Edad Media es patente, el cánon de belleza femenino de ésta época era de procedencia bárbara. La mujer ideal era aquella que poseía una cabellera rubia, tez pálida, con cara ovalada, pechos pequeños, ojos y nariz pequeños y labios carnosos y rosados.

El canon de belleza de la mujer en la Edad Media ha quedado plasmado en dos libros:

El Libro del Buen Amor, en el cual se describen las cualidades y las características que una mujer debe poseer para que un hombre se enamore de ella:

"Busca una mujer esbelta, de cabeza pequeña, 
cabellos amarillos, no teñidos de alheña;
las cejas apartadas, largas, altas, en peña;
ancha de caderas, ésta es talla de dueña.

Ojos grandes, hermosos, expresivos, lucientes
y con largas pestañas, bien claras y rientes;
las orejas pequeñas, delgadas; para mientes (fíjate)
si tiene el cuello alto, así gusta a las gentes.

La nariz afilada, los dientes menudillos,
iguales y muy blancos, un poco apartadillos,
las encías bermejas, los dientes agudillos,
los labios de su boca bermejos, angostillos.

La su boca pequeña, así, de buena guisa
su cara sea blanca, sin vello, clara y lisa,
conviene que la veas primero sin camisa
pues la forma del cuerpo te dirá: ¡Esto aguisa!"

En formas generales, la descripción detallada por el Libro del Buen Amor coincide casi plenamente con el cánon de belleza de la Edad Media. La otra obra, ejemplo de éste cánon, es el libro catalán Speculum al foder, un libro de características eróticas, posiblemente el único de esta índole en la tradición cristiana, y que no solo habla de cómo debía ser la apariencia femenina en la Edad Media, si no que también era un tratado de psicología femenina, de higiene y de sexualidad; y cuyo extracto dirigido a la belleza física dice así:

"En cuanto a la nobleza y a la belleza de las mujeres, se trata de que tengan cuatro cosas muy negras: el pelo, las cejas, las pestañas y los ojos; cuatro muy coloradas: las mejillas, la lengua, las encías y los labios; cuatro muy blancas: el rostro, los dientes, el blanco de los ojos y las piernas; cuatro muy estrechas: los orificios de la nariz y de los oídos, la boca, los pechos y los pies; cuatro muy delgadas: las cejas, la nariz, los labios y las costillas; cuatro muy grandes: la frente, los ojos, los pechos y las nalgas, cuatro muy redondas [...]"

Así pues, la mujer, aunque fue muchas veces el chivo expiatorio y tuviera el estigma del pecado pendiendo sobre su cabeza, también fue protagonista de un cánon de belleza que se fue repitiendo a lo largo de todo el extenso período de tiempo que abarcó la Edad Media.